Saltar al contenido

ETAPA 130 NVIAYONG-ACURENAM

  • por

59KM 835+

La etapa cumple su misión de somnífero y en cuanto hinchamos la colchoneta tardamos poco en conciliar el sueño. En mitad de la noche comienza una discusión canina por barrios. La voz cantante la lleva el perro que está junto a nuestra casa, por el tono parece pequeño, pero responde a todos. Incluso cuando todos han terminado él sigue ladrando. Poco me falta para salir y darle un par de gritos, pero se calla justo cuando tengo los dos dedos agarrando la cremallera de la tienda. Luego viene la lucha territorial de los gallos y a las 5:00 me despejo del todo y mientras Sheila duerme leo un libro de Juan José Millás. A las 6:00 está programada nuestra alarma, pero los tambores, las campanas y los rezos se adelantan. Lo que está claro es que nos íbamos a levantar, por una u otra razón. A veces uno piensa que perderse en un pueblo de casas de madera te va a regalar la paz de lo remoto y es justo lo contrario.

Recogemos todas las cosas dentro de la caseta de madera y abrimos las ventanas encajadas por el asentamiento de la casa en la tierra. Los fourous se presentan en nuestro amanecer para ir conquistando la piel de nuestras piernas. Con las alforjas a medio hacer aparece Nazario, pensamos que para despedirse, pero se queda dentro de la caseta mirando mientras recogemos todo. A veces incomoda esa invasión de la intimidad, pero visto que se va a quedar hasta el final, tratamos de darle conversación, pero contesta a todo “si si”, nos ve mover los labios, pero no nos escucha. Con las bicis listas nos despedimos de él, son las 7:00 de la mañana y nos espera una etapa relativamente fácil hasta Acurenam, unos 58km.

Nada más salir a la carretera principal, con doscientos metros en las piernas, la primera cuesta es al 9%. Tenemos los músculos agarrotados, con dolor del día anterior y pidiendo clemencia. Superamos esa subida a base de chepazos y en el alto ya hemos calentado y abierto el grifo del sudor. Esperamos que el cuerpo recupere tono, pero hoy apetece más bien poco darle a los pedales. Por lo menos hace muy buena mañana, está nublado y la temperatura es muy buena. Parece que vamos dentro de un parque nacional para ver animales, como si estuviéramos en Jurasic park o en un futuro donde ya no quedan seres humanos. No pasan coches. Por lo visto el presidente, que lleva antidemocráticamente más de 40 años, ha puesto el ojo en las vías de comunicación y todo el país cuenta con buenas carreteras. Pero por esta casi no pasan coches. Los chinos, que están construyendo casi toda África sacan rédito de alguna manera y esta vía no pasa por los pueblos, los ha dejado de lado y la gente se queja porque ahora, los pocos coches que van de Basile a Acurenam, no lo hacen por sus casas y están aún más aislados.

Para nosotros es un lujo pedalear por la selva sin peligro de ser atropellado, pudiendo escucharla y observarla. Miramos atentamente a los lados a ver si hay suerte y a lo lejos vemos un elefante, pero en los 120km no asoma ni uno. Hoy no queremos caer en el error del día anterior y a los 6km después de varias cuestas paramos para comer pan con nocilla y café. Con el cuerpo activo desde hace horas y más de cien positivos entra la barra de pan como si fuera aire.

Arrancamos ya con el depósito lleno y nos lanzamos hacia Acurenam. Pasamos dos controles militares. Nos han avisado de que el presidente es un poco paranoico y que habrá muchos. De momento hemos pasado seis en los dos días, pero nos han dejado pasar sin problemas. A partir de los 15km las cuestas comienzan a suavizarse, sigue habiendo subidas y acumulamos desnivel, pero es más llevadero y no te pega esos petardazos a las piernas que te dejan parado. No hay pueblos, como mucho puestos militares y a la tercera va la vencida. Les gusta mucho ponerse en mitad de la cuesta. Sheila aún viene por detrás y me hace un gesto brusco de que me pare. Ni me pide, me exige el pasaporte. Lo mira de arriba abajo como si no supiera leer, tras analizar cada página, Sheila le dice que estamos haciendo pozos y parece que ablanda un poco y me lo devuelve sin mirarme. Durante todo el rato, silencio, lo mejor es pasar el trámite y marcharse. Pero te dan ganas de decirle cuatro cosas.

La etapa tiene uno de los paisajes más bonitos del viaje, pero nos damos cuenta de que le faltan las personas y los pueblos que son los que le dan vida. Con las piernas calientes y las cuestas que se dejan disfrutar van pasando los kilómetros. Además hay pretiles en la carretera y parece que pasan más rápido que nunca y pronto vemos el de 1km y una cuesta que llega a una rotonda. Cada salida tiene sus barreras, obstáculos y militares. Les preguntamos por el padre Antonio antes de que nos pidan nada. La pregunta les descoloca y señalan hacia la izquierda, para cuando quieren darse cuenta ya estamos saliendo de la rotonda y entrando en las inmediaciones de la ciudad. Preguntamos por el párroco, todo el mundo lo conoce, en el alto. Abajo en el río, varias mujeres lavan la ropa, niños se lavan y otros limpian coches. El pueblo es más grande de lo que esperamos y nos queda el último repecho hasta lo más alto. Antonio vive detrás de la iglesia. Esperamos sentados en la escalera hasta que aparece un hombre de unos sesenta años, calvo, con gafas, una túnica marrón y una sonrisa enorme. Nos acoge en su casa, nos muestra el cuarto y nos han preparado dos cubos de agua para la ducha. Está helada, hacía mucho que no nos duchábamos con agua tan fría, pero sienta bien. Mientras Shei lava la ropa, edito el vídeo y terminamos a tiempo para irnos a comer. Antonio nos lleva al pueblo y comemos un arroz con pollo de las cafeterías. En esa zona hay abacerías por todo, tiendas que venden de todo. Todo el mundo le saluda, le da la mano, se presenta, incluso algunos le piden dinero. Además de ser el párroco está dentro de un programa que lleva la mujer del presidente que entrega comida y ayuda a los más necesitados por Guinea. Su coche lleva el logo de la fundación de la primera dama y nos dice que es la llave que le abre todas las puertas. No hay control militar que le moleste.

Antes de regresar a casa nos lleva a ver una roca enorme a las afueras, el pueblo se llama Akua (roca en idioma local Fang). Un gran mogote destaca en el paisaje. Una pared de roca negra cubierta de vegetación. Un niño sale con una ak47 de plástico “¿qué vas a ser de mayor?”, le pregunta Antonio, “militar”. Posa orgulloso con su arma mientras le hago la foto. Normal si vives rodeados de controles y los militares campan a sus anchas. Por detrás sale su padre con un cesto lleno de madera y un machete en la mano.

Ya en casa nos permitimos echar la siesta y a la tarde limpiar las bicis y escribir mientras afuera en una especie de cenador los feligreses ensayan canciones de Navidad. Es 17 de diciembre y este paisaje y calor nos había sacado del contexto totalmente. Cenamos y charlamos con Antonio sobre el mundo, él ha estudiado en Córdoba y vivido en París y Roma, tiene una vida muy interesante. 

 

 
 
 
 
 
Ver esta publicación en Instagram
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

Una publicación compartida de Y OS LO CUENTO/RUMBOS OLVIDADOS (@yoslocuento)

Wordpress Social Share Plugin powered by Ultimatelysocial