40KM 720+
La noche anterior las músicas de los diferentes negocios se solapaban y creaban un estruendo molesto. Es un día cualquiera entre semana y la dinámica es siempre la misma, cada bar con su música lo más alta posible. Siempre me pregunto lo mismo ¿nadie se queja? ¿no hay normativa de pueblo respecto a eso? Los dos últimos días estábamos alejados, uno en un colegio en la colina y el otro en la iglesia en lo alto, pero no queremos imaginarnos que tiene que ser que el hotel esté justo al lado de esos locales.
La cuestión es que el cansancio a veces es maravilloso, porque los dos caemos y conseguimos dormirnos sin ser conscientes de a qué hora acabó la música. Lo único que recuerdo es despertarme por el generador de las casas de al lado. A las 6:00, por debajo de la puerta, vemos pasar la silueta de Daniel, el seminarista. Suelta una cuerda fijada a la pared exterior del barracón donde dormimos y comienza a repiquetear las dos campanas que hay en lo alto de una torreta metálica oxidada. Acostumbrados a sonidos grabados, el arte de llamar de forma manual está desapareciendo. Prácticamente vienen los mismo feligreses que la tarde anterior, unos diez. Son curiosas las religiones, un cura centroafricano es destinado a un pueblo del Congo para dar misas a diez personas, con todos los gastos que implica mantener una iglesia de ese tamaño y a una persona que viva ahí para oficiarlas. Mientras nos despejamos y recogemos las cosas les oímos cantar. Son pocos, pero la acústica es buena y suena bien. Es interesante ver como una misma religión se vive en diferentes lugares al mezclarse con la cultura local. Si ese cura estuviera destinado en Rusia, México, Portugal, India o Japón, viviría experiencias tan distantes que sentiría oficiar misas para religiones diferentes.
Con todo recogido vamos a la casa donde vive Vianney, lleva dos meses destinado y puede quedarse ahí, un año, diez años, nunca sabe cuál será su destino. Daniel, el seminarista prepara una tortilla para todos. El café se ha convertido en un desayuno inesperado, un poco de tortilla, tostada de nocilla y café. Nos despedimos de ellos y justo comienza a llover, entramos en pánico porque a veces duran horas. Una cosa es que te pille andando en bici y otra salir lloviendo cuando tienes todo seco. Por suerte a los cinco minutos para y parece que el cielo respetará.
Salimos a la carretera con los puestos de venta comenzando a abrirse, ahora es cuando pondría la música a tope para todos esos dueños de bares que ahora estarán en la cama descansando. Desde aquí tenemos la primera subida seria de África. Ocho kilómetros que suben y bajan hasta que llegan las cuestas de verdad, seis kilómetros con rampas del 7% al 10%, llevábamos tres meses sin ascender un puerto en condiciones y se nota. La carretera sube como una serpiente por la jungla, de doble carril y constantemente camiones. Nos sorprende mucho que habitualmente pasan camiones de cerveza, toda la gabarra llena de cajas donde pone Bralico con miles de cervezas. Un 5% de los camiones que pasan son de esos. El puerto es duro y los coches sufren, si le sumamos que las revisiones de ITV brillan por su ausencia y el estado de los vehículos es lamentable, el resultado es que te adelantan envueltos en una nube negra. En momentos de subida en los que necesitas todo el aire, aguantar la respiración hasta que pasa un monovolumen cargado de personas y bultos hasta duplicar el tamaño, a 15km/h, es complicado. Muchos de ellos suelen hacer estas subidas en partes porque el coche está en las últimas. La subida es una de las más bonitas que hemos hecho, la selva es un espectáculo. No es de las subidas más duras que hemos hecho, pero 500+ en 14km no está mal. Al llegar arriba nuestras camisetas están mojadas como si hubiera llovido a cántaros. Una furgoneta negra está parada en el arcén, humea y sus ejes están doblados del peso que lleva encima. Intuyo que cada viaje que afronten será como el último. Escurro cerca de medio litro de sudor, bebemos algo de agua y nos ponemos el cortavientos, tenemos bajada y estamos empapados.
Disfrutamos de la bajada hasta que una hilera de cientos de metros de vehículos está parada en la carretera. Ha habido un desprendimiento de la pared y la tierra ocupa parte de la vía. Por suerte al ser bicis nos dan paso y podemos bajar sin el riesgo de los coches y camiones. Parece que nos hemos teletransportado a otro lugar totalmente diferente en la otra vertiente del puerto. Pasamos de una carretera curveando por una selva frondosa donde casi no ves el paisaje a un paisaje abierto, de montañas redondeadas y pelado de árboles. Si muestro una foto de cada lado, nadie diría que la separan diez kilómetros.
Hoy la etapa es corta, excepto otra pequeña subida, el resto de la etapa asciende ligeramente hacia Dolissie. Siguen pasando muchos autobuses hacia Brazaville. Disfrutamos de los pocos kilómetros que nos quedan de buen asfalto, las próximas cuatro etapas será un infierno de caminos de barro. Al abrirse el paisaje la temperatura sube, la humedad baja algo y es más agradable pedalear. Pronto vemos la ciudad que se extiende entre campos verdes de una tierra arcillosa. La carretera de toda la ciudad está teñida de rojo de los vehículos que entran por los caminos y van dejando el rastro que pigmenta la brea. En esta ciudad los taxis siguen siendo los Toyota Corolla, pintados cada uno de diferente manera, pero a diferencia de Point Noire que eran azules y blancos, aquí son rojos y blancos. También hay tuc tuc rojos por todo y todo el trayecto urbano no paran de adelantarnos y pitar. Muchos negocios de venta de comida callejera hasta que llegamos a la calle donde están todos los alojamientos. El nuestro está casi al final de la Avenida de la República. Aunque teníamos reserva, casi nos quedamos sin habitación. No sabemos si por fallo del hotel, al que ya escribimos hace días o de booking, pero estamos teniendo muchos fallos, sobre todo en África y Asia.
Dejamos todo en el cuarto, donde al entrar escuchamos las ratas por el falso techo y nos harán compañía los dos días. Sin ducharnos nos vamos a buscar un lugar donde comer algo. Ahora sólo vemos un puesto de comida de calle cerca, y la pinta de la carne no es muy sugerente, tampoco tiene arroz, así que seguimos. Preguntamos en un bar donde ven la champions a ver si hacen comidas y el dueño, Coronel Ngoma, es un exmilitar que tiene un hotel y ese bar. Nos dice que no tienen comida en ese momento, pero quiere ayudarnos. Es musulmán, de los pocos que hemos visto en África, pero aquí debe haber más. Hace llamadas para ver si en su hotel hay arroz con pollo, están a tope, en el mercado igual ya no queda, nos dice que media hora tiene uno listo. Es muy alegre y extrovertido, le hacemos mucha gracia. Nos vamos a comprar y al regresar aún queda un rato para que terminen, así que nos quedamos fuera charlando con él, hablamos de la religión, de cómo la viven unos y otros, de ayudar al prójimo, de que estudió en Rusia, que ha viajado por países de Europa, un tío muy interesante. Y la comida está lista, el mejor arroz con pollo que hemos comido en tiempo. Buenísimo y nos hace buen precio, así que quedamos con él para el día siguiente. Regresamos al hotel que tenemos mucho que preparar para lo que está por venir, abastecimiento, diseño de etapas y proyectar para que el cielo no se rompa demasiado y los caminos estén practicables. Día y medio de descanso que nos vendrá muy bien.
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Una publicación compartida de Y OS LO CUENTO/RUMBOS OLVIDADOS (@yoslocuento)